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Monday, August 28, 2006

Crestomatía: Ants Marching



Todo empezó como un pacto hormiga-caballero en el cual yo tomaba CocaCola todas las noches y dejaba el vaso en el suelo para que por la mañana ellas disfrutaran de la dulzura cristalizada en el fondo del vaso. Luego yo lavaría el vaso y asunto solucionado. De hecho no es tan asqueroso como se oye, después de todo eran de esas hormiguitas minúsculas que generalmente persiguen lo dulce.

Otras veces dejaba pedacitos de jamón o queso sobre el desayunador para que las hormiguitas tuvieran suficiente sustento para consumir y llevar a sus hogares. (Asumí que así como trabajadoras también eran responsables de los miles de huevezuelos que procrean).

Pero de repente algo pasó, comencé a notar que la cantidad de hormigas crecía, lo pude haber considerado como un serio problema de limpiar mejor la cocina pero decidí ignorarlo. Después de todo no hacían ningún mal sobre el desayunador o aún en el lava trastos. Opté por dejar los platos sucios con agua para que no fueran invadidos (Después me di cuenta que dejar platos y vasos con agua en el lava trastos y tardar en lavarlos, daba origen a un lindo jardín de plantitas minúsculas de tono verde-cafesoso, pero esa es historia aparte).

Todo iba bien hasta que decidí una mañana comerme un plato de mi cereal preferido. Yo ya estaba enterado de que mis "hormiamigas" compartían mi afición por la Coca-Cola, pero al parecer también preferían desayunar con cereal. Pero la sorpresa no llegó hasta el momento en que al verter la leche en el plato observé una decena de hormigas realizar nado dorsal y gimnasia olímpica en mi leche. En ese momento entendí que tenía un problema.

Revisé otros comestibles cerca y me di cuenta que de alguna manera las hormigas habían logrado burlar la seguridad de la bandita azul que cierra la bolsa de pan y disfrutaban de emparedados completos con el jamón y el queso que cargaban desde el desayunador. (Casi podría asegurar que habían organizado alguna especie de “Bistro” de moda, porque me pareció observar algo parecido a una fila de hormigas esperando lugar).

Pero el problema no quedó ahí, después de botar cereal y pan (con todo y hormigas) e irme sin desayunar al trabajo al regresar por la noche me encontré con la sorpresa de que las hormigas estaban también comiendo tres velitas aromáticas que tengo de adorno sobre el micro ondas. Esto si me confundió... esta bien que coman pan, jamón, cereal o Coca-Cola, pero... ¿Cera? Llegué a la conclusión que estas son más que simples "hormiguitas", ¡Son hormigas vandálicas dispuestas a tomar la casa completa!.

Es más, estoy casi convencido que si no tomo medidas, no será extraño llegar a casa un día y encontrar mi cama desaparecida y toda una línea de hormigas cargando mi televisor en pedazos. Por el momento les he retirado la Coca-Cola, ¡Y que ni sueñen con jamón y queso para el pan ahora cerrado con doble cinta! Ya me las imagino corriendo la voz de "¡Apartamento de soltero!", pero se equivocaron conmigo, abusaron de mi confianza y ahora les toca pagar. Limpiar a fondo la cocina sería una buena idea, pero por mientras: ¿Cuánto vale una lata de Raid?

Crestomatía: Security Blankets


Tengo una confesión que hacer: Desde hace seis meses no duermo igual. Y no es por tener seis meses de vivir fuera de mi país y fuera del hogar que me vio nacer. Tampoco es porque extraño mi cama o mi cuarto, de hecho prefiero mi apartamento de soltero. La verdad de mi dilema es que mientras yo empacaba mis cosas para mudarme, mi madre (a escondidas), botó mi vieja almohada de plumas de ganso… o lo que quedaba de ella. ¿Que si me afectó? ¡Claro!, ¡No me fue fácil conservarla!, Tuve que defenderla incontables veces de argumentos como “¡Ya se puso hasta amarilla!” ó “¡Sinceramente ya no parece almohada!”, e inclusive rescatarla heroicamente del armario ese donde se guarda todo lo que está condenado a botarse. Pero en un último ardid estratégico, mi madre logró su cometido. ¡Y la perdí!

¿Pero a que viene esta súbita confesión de mi vida personal? Simplemente quiero ilustrar que como humanos nos apegamos a las cosas. Todos tuvimos esa “sabanita” o “almohadita”, que al igual que el personaje de Linus en las caricaturas de Snoopy, nos negamos a soltar, y que muy acertadamente los gringos (que a todo le ponen nombre) le llaman “Security Blanket”.

Pero luego crecemos, y esa sensación de seguridad que nos daba nuestra “sabanita” se empieza a convertir en ese viejo jean que nos negamos a botar o esas playeras viejas que insistimos en llamar “Piyamas”. ¿Por qué? Porque esas cosas nos hacen sentir cómodos… ¡Y Seguros!.

Durante toda nuestra vida buscaremos cosas o personas que nos hagan sentir seguros: Grupos de amigos, lugares favoritos, música que nos “define”, ropa, modas, iglesia, y todas aquellas cosas que marcan nuestra “individualidad” y nos dan una tierra firme de la cual aferrarnos cuando la vida comienza insistentemente a preguntarnos ¿Quiénes somos?. Y como adultos, seguiremos buscando esa seguridad en un trabajo estable, en una familia, una casa o negocio propio, etc.

La búsqueda por la seguridad es parte de nuestra naturaleza, los individuos psicológicamente más sanos son aquellos que tuvieron un ambiente que propició una infancia y vida segura en el área familiar, relacional y aún económica. Por otro lado, aquellos que presentan cuadros de trastornos psicológicos casi siempre tienen una historia donde por alguna razón este “colchón” de seguridad faltó en una etapa de sus vidas.

Por eso, cuando ese esquema de seguridad es sacudido, muchas veces nos toma un buen tiempo adaptarnos. ¡Sobre todo en lo que refiere a las relaciones! Ya sea que tengamos que “volar del nido”, cambiar de trabajo, perder a un ser querido por la muerte, o romper una relación sentimental, siempre enfrentaremos un periodo de inestabilidad que durará tanto como la cantidad de seguridad propia que hayamos depositado en dicha persona o lugar.

Es decir, puede que yo esté por independizarme de mis padres, y me cueste menos porque me muero por probar la vida por mi cuenta, así como para otra persona el hecho de salir a enfrentar la vida por si misma puede ser una experiencia de la que tratará de huir a toda costa.

Por eso es que a veces no entendemos como hay personas que pueden salir de una relación, y rápidamente embarcarse en una nueva para ser muy feliz, o talvez, en caso contrario, aquellos que después de muchos años no logran superar ese “amor” que perdieron hace tanto tiempo.

Pero así como yo me he tenido que acostumbrar a dormir con una almohada diferente a la anterior (Y a decir verdad... ¡Sí logro dormir bien!) Todos somos capaces de reiniciar nuestra vida luego de una ruptura o de un cambio de vida si tenemos la capacidad de encontrar que tanta seguridad depositábamos en esa relación, nexo o lugar.

La seguridad de pertenecer, la seguridad de no arriesgar, la seguridad de un ambiente conocido, la seguridad de sentirme amado, la seguridad de sentirme atractivo, la seguridad del “status” y aún la seguridad de que me “vean” con alguien, son todas pequeñas “security blankets” que vamos construyendo con el tiempo y que aunque muchas veces no son dañinas, nunca deben llegar a dominar nuestras acciones y relaciones.

Por eso vale la pena que la próxima vez que enfrentemos un cambio, o si lo estamos enfrentado en este momento, paremos un momento y pensemos cuales son esas “sabanitas” que estoy soltando. ¿Por qué me cuesta afrontar este súbito “descalabro” emocional?. Si lo pensamos un poco quizás encontremos cosas que no habíamos notado, o talvez muchas que conocíamos pero que no sabíamos nos ataban tan fuertemente a lo que estamos soltando.

Yo lo haré. Lo consultaré con mi almohada, y por cierto ¿Alguien sabe donde las venden rellenas de plumas de ganso?

Crestomatía: Un Día sin Amigos


Hoy como todas las mañanas llegué al trabajo (un poco tarde... también como todas las mañanas) y me senté a mi computadora para comenzar otro arduo día de labores. (Lo de “arduo” es para añadir un ingrediente dramático) Pero primero lo primero: ¡Revisar mi correo! Por supuesto tengo dos direcciones, la de trabajo y la personal. El trago amargo primero, 3 correos: una convocatoria a sesión, el texto de un comercial para radio corregido en “Word”, una notificación de celebración de cumpleaños para el viernes.

Muy bien, ¡Ahora lo que me interesa! Clic derecho sobre un muñeco azul-verdoso con blanco con una cruz en el pecho. Comienza el ritual del “baile” del muñeco (“Icono” para los puristas informáticos) que danza de un lado a otro en la esquina inferior derecha de mi pantalla antes de parar victoriosamente y permitirme visualizar a través de una “ventana” la cantidad de correos en mi Inbox, y medir así cuanto me quieren mis amigos. Por supuesto, aparte de darme cuenta que mis amigos no me quieren tanto como yo lo pensaba, tengo un buzón inundado de “confirmaciones” sobre un viaje a Bahamas, ofrecimientos de títulos universitarios sin estudio, el pago mágico de todas mis deudas de por vida, precios especiales en tratamientos dentales, y (ehem) titulares que curiosamente abusan del uso de las “x”. ¡Bienvenido al mundo del spamming!

Así que después de borrar los 30 correos electrónicos “chatarra” y leer los 2 correos restantes, que al final resultaron ser un “forward” que recibo por enésima vez y una notificación de virus cortesía de un amigo preocupado, procedo a chequear mi lista de “Online Buddies”. Usualmente saludo con un “Buenos Días” a los que me interesan e ignoro a los restantes. Y sí... ¡Lo acepto! Una que otra vez he bloqueado a alguien a quien le debo un favor ó con el que por alguna de esas razones de la vida... ¡No tengo ganas de hablar!

Así es, ¡Soy otra víctima de la adicción a los programas de Mensajería Instantánea! Y no es que lo necesite. ¡Puedo dejarlo en cuanto quiera!. De todos modos no es que “platique” mucho, la mayor parte del tiempo estoy “busy”, “away” o “out to lunch” (a veces hasta las 3 de la tarde).

Pero el día de hoy la danza ritual de mi amigo el “icono azúl-verdoso y blanco” no llegó a su fin. Y en lugar de la ventana “medidora de amigos” aparecía un mensaje advirtiéndome que no podía conectarme:

¿Cancel?, ¿Retry?... “¡Retry!”

“Seguro es algo temporal”. Segundo intento. Nuevamente el mensaje.

Mmmmm. “Claro, problema del servidor de la agencia”. Llamada al encargado de computo: Aclaración de que no existe ningún problema.

Ok. “El problema es del proveedor de Internet”. “En un instante todo estará normal”. Nueva llamada a Computo. No. El proveedor no tiene problemas.

Un momento. No hay messenger. ¡No puede ser! Por favor sin pánico. De todas formas sé que no lo necesito, hace cinco años ni siquiera tenía conexión a Internet.

Pero el tiempo pasa y me siento sólo. Esa cruz en el pecho de mi amiguito azul me molesta. Igual sigo con mi rutina de trabajo, pero me siento extraño. ¿Qué me está pasando? Un día sin messenger y siento que me desconectaron del mundo. No quiero pensar que pasaría si el ( o “la” – como quieras llamarla -) Internet llegara a desaparecer. ¡Si recién nos estamos haciendo a la idea de la vida sin Napster! Pero pensándolo bien, realmente no es que lo necesite. ¿O si lo necesito?. Quizás todo tenga una explicación “freudiana” que tiene que ver con el hecho de nacer conectado. No lo sé a ciencia cierta. ¡Pero algo me falta!

Empiezo a pensar que todo esto es una conspiración de Bill Gates, ¿Será Gates la encarnación más clara de la maldad desde Damián en “La Profecía”? O simplemente a alguien se le ocurrió jugar una broma y dejar a 200 millones de usuarios sin comunicación. Por lo menos hoy no lo sabré, pero lo que sí sé es que no pude comunicarme con mis amigos en Honduras, preguntar a una amiga en Ecuador como le fue en sus clases, y seguir una plática pendiente con un nuevo amigo en Kosovo. (Bueno, esa última no es cierta, Pero igual podría pasar.)

El día llega a su fin y hoy trabajé solo, no supe nada de la vida de las 98 personas que a diario me acompañan desde sus computadoras. Sólo estuve rodeado por compañeros de carne y hueso ¡Qué aburrido! Bueno, por lo menos tengo el correo... ¿Y si mañana tampoco eso funciona? No, debo alejar los pensamientos negativos.

El día de trabajo está por terminar. Intentaré hacer un “sign in” y comprobar si ya volvió el servicio. Si no, me veré obligado a utilizar un medio tan obsoleto como el teléfono para pedir el estudio de mercado que necesito. O peor aún, caminar a la oficina contigua y pedirlo personalmente. ¡Ah la vida moderna! ¿No debería hacernos la vida más fácil?

Crestomatía: Mi Amigo Valdivia



Me lo encontré ahí en el bar de siempre con un amigo. No lo quise molestar porque parecía ocupado discutiendo con el “Disyoqui”. Porque Valdivia es un tipo popular, ¡Y un amigazo!, a pesar de los 10 años de vivir en Managua llama a todos por “loco” con un acento peruano mezclado de forma curiosa con el reconocible “pué” nicaragüense.

¡Ah! Porque Valdivia será muy peruano, pero ama a Nicaragua. Después de todo aquí tiene su taller mecánico, su hotel, su esposa y sus cuatro hijos. Me quedé sentado un rato mientras observaba el lugar (había cambiado para mal desde la última vez que lo visité), pero decidí quedarme un rato y pedí un refresco.

Pero claro, cuando Valdivia me vio, se me acercó para invitarme a su mesa. Al principió titubeé, no quería importunarlo porque me dijo que me quería invitar. Pero uno no puede decirle que no a un tipo como Valdivia. ¡Jamás! ¡Los amigos no se desprecian! Me arrastró una silla y me presentó a su amigo, del que alcancé a distinguir un semi-nombre en medio del catatónico susurro de su voz de ron. “Mucho gusto” creo que dijo, para después señalarme la botella de Flor de Caña con una cortesía más bien torpe, mientras caía hacia atrás en su silla y perdía la vista en el vacío (o más bien en las piernas de la damisela pasadita de libras de la mesa de enfrente).

Recorrí nuevamente el lugar con los ojos y definitivamente había cambiado. Y mucho. La verdad me quería ir, pero no podía hacerle el desplante a mi amigo Valdivia, así que decidí quedarme un rato. Comenzamos a hablar de las nacionalidades, del orgullo de ser extranjeros pero de lo bien que nos caían los nicaragüenses. Estábamos en eso cuando su amigo, en un momento de lucidez (o sería de “nauseadez”) le pidió que lo acompañara a tomar un taxi. “Por supuesto que sí” Le dijo Valdivia, y se disculpó conmigo mientras lo ayudaba a dirigirse hacia la puerta de salida (y no a la del baño donde –confundido- se dirigía). “Estos no me aguantan”, me comentó Valdivia, con alcohólico orgullo, cuando regresó. “Pero que bueno que con vos si la podemos seguir... ¡así que servite!”, y me hizo “chocar los cinco” con él mientras pedía otra Coca “para ligar” y me servía un buen trago de su Ron.

Valdivia estaba alegre, así que comenzó a hacer sonar con la boca una botella de Coca-Cola siguiendo el ritmo de esa música que en mi país le dicen “playera”, en otros lugares “reggae panameño” y que en realidad no estoy seguro si califica dentro de algún género musical decente. Pero eso no importaba, porque además de todo: ¡Valdivia es músico! (me lo contó muy contento) Toca percusiones y sabe improvisar letras “a tiempo real”: “Yo te digo mi amigo, mi amigo, no importa, mira que no importa, Peruano, Hondureño o un nica, somo´j amigo´j, somo´j amigo´j, di-tu-ru-ru-tu-paaaaau, paaaaau, di-tu-ru-ru-tu-paaaaau” La verdad... ¡Tenía ritmo! Así que decidí dejar un poco la timidez y acompañarlo haciendo sonar mi botella de Coca-Cola con el llavero.

Le conté que yo también era músico y volvimos a “chocar los cinco”… por quinta vez en la noche. Me contó que le gustaba “la flaca” que estaba bailando enfrente, (por cierto, “la flaca” era la misma joven de buenas libritas que admirara minutos antes nuestro amigo el catatónico). Le comenté que me gustaba más la que bailaba del otro lado ¡y volvimos a “chocar los cinco”! Siguiendo el tema me contó que su esposa entendía que a él le gustaban todas las mujeres, pero que aún así ella sabía que él la amaba.

Mientras hablaba lo observe detenidamente. Valdivia no es bien parecido, tiene como el tipo de un ex jugador de fútbol mal pagado. Así que sólo asentí con la cabeza y antes de poder comentar algo, siguió con su “abotellada” improvisación: “Ay que buena está la flaca... la flaca... pa´abajo, pa´abajo, que buena que está la flaca” Y siguió con unas líneas que en parte no recuerdo y que además no quisiera escribir por respeto a los lectores. Ya cuando la gente comenzaba (un poco molesta) a notar el “talento” de Valdivia y cuando los “choques de cinco” se volvían cada vez más frecuentes (tres por minuto), pensé que ya era tiempo de irme. Pero como no nos habíamos terminado su botella y me lo había ofrecido, serví disimuladamente en su vaso el ron que quedaba y la mitad de la Coca-Cola en el mío.

Así seguimos un rato, él con su botella-silbato y yo con mi botella-tambora. Pero cuando la improvisación comenzaba a perder ritmo, y la “rapeada” de la flaca subía más de tono decidí definitivamente que era tiempo de irme. Me incliné cortésmente y le comenté algo sobre alguien que me esperaba. “Si se estaba poniendo buena la cosa” me comentó en tono de lamento con su acento nica-peruano, pero amablemente se encogió de hombros mientras yo me levantaba para pagar mi refresco.

Al regresar me despedí, y por supuesto se puso de pie, me dijo que ya sabía donde encontrarlo, grito algo como “Viva Perú, Viva Honduras y Viva Nicaragua” y me dio un fuerte abrazo ¡Tal como se despiden los buenos amigos! Así que salí pensando en que buen “compa” que era Valdivia y que sí acaso el tipo que él acompañó hasta al taxi tendría toda una vida... o sólo media hora de conocerlo.

Crestomatía de Saldo


Y hablando de nostalgias.

Hoy mientras ordenaba mis archivos digitales me encontré algunos de mis primeros escritos. Han pasado ya 4 ó 5 años (¡Aquellos tiempos sin blog!) y creo que con algunos compartí estos comentarios via correo electrónico.

Algunos lectores quizás los recuerden. La mayoría y los más nuevos quizás no.

Igual los invito a compartir conmigo estas historias que de alguna forma son más íntimas, ingenuas y hasta transparentes. Son un reflejo de mis primeros meses en Costa Rica, lejos de mi país; así que encontrarán reflexiones sobre "acomodarse a los cambios", la vida con amigos virtuales, aventuras cotidianas como mi lucha con los hormigas y hasta la historia de un encuentro (en un Karaoke venido a menos) en Managua.

Les recuerdo que pueden comentar. Si los entretiene, los hace sonreir, los molesta o los aburre. Igual anímense... ¡Y opinen!

R.