
Puedo escribir con toda seguridad que he tenido problemas serios con mi hermano. Tanto como para condenarlo a quedarse en la tierra mientras todos los demás cristianos genuinos éramos recibidos por Jesús en las nubes, como para ajusticiarlo en mis propias manos de 3 años... con un golpe de llave inglesa en la cabeza.
Dichos castigos fueron dictaminados y ejecutados personalmente en mi calidad de “juez infantil de la fraternidad injusta” por los siguientes cargos:
- Jalarme los cachetes hasta enrojecerlos.
- Apostar húmedos y asquerosos besos en mi nariz.
- Arruinar y quebrar mis juguetes en compañía de un nefasto grupo de esbirros contemporáneos con las mismas y deplorables costumbres.
Apartando eso, luego de absolverlo de la Gran Tribulación y de sobrevivir el ataque de mi “herramienta de venganza” (en el sentido muy literal) no he vuelto a tener un solo problema con mi hermano. Ni uno más. Pero he sido víctima de algo peor: Su influencia.
Mi hermano y yo somos los últimos eslabones de una cadena de nacimientos "decasimétricos" (ni busque el término, porque me lo acabo de inventar) en años, que viene desde la hermana menor de mi madre (mi tía), pasando por su hermano menor (mi tío), siguiendo con mi hermano y terminando conmigo. Eso significa que con simples cálculos de agregar o quitar años de diez en diez, siempre estoy enterado de la edad de cualquiera del grupo. Siendo yo el menor tengo 31, ustedes hagan el resto de los cálculos.
Con esta diferencia de años, este "explotador de hermanos menores" siempre fue y ha sido una terrible visualización de lo que puedo ser dentro de diez años: A mis once él ya era graduado summa cum laude de su carrera y gerente de una exitosa empresa. A mis veintiuno fui padrino de su memorable boda, y a mis treinta y uno lo veo felizmente casado, con dos hijos preciosos, la casa sus sueños y el impulso de estar levantando su negocio propio. Pero no se escandalicen aún, esta vida que he tenido frente a mis ojos es la vida de alguien del que también se rumora hizo creer falsamente a su hermanita (y hermana mía también) que ella era adoptada.
Para colmo, he sido influenciado por las características de semejante individuo: Hombre caballeroso, afable pero firme, juicioso en sus palabras y acciones, temeroso de Dios, predicador evangélico profundo, optimista, paciente, sensible, dispuesto a escuchar, administrador ecuánime, consejero oportuno y ahora esposo y padre cariñoso. Todas, con un peso no poco importante en mi vida y que en algún momento han influenciado mis acciones y decisiones hasta el punto de pensar ¿Qué haría Alfredo en mi lugar?
A mis treinta y un años he presenciado la vida familiar de muchas personas y he conocido hermanos que se llevan bien, hermanos que se llevan mal, hermanos que no se hablan, hermanos que tienen una relación “cordial” y hermanos que preferirían no ser hermanos. Pero pregunto, mi querido lector: ¿A alguien le ha tocado vivir aprendiendo y creciendo con un hermano mayor como el mío? De todo corazón, les desaría que sí.
En honor a la verdad, me siento dichoso y privilegiado de la relación que tengo con mis hermanos, y siento que no es fácil encontrarla en todas las familias. Aunque suene irremediablemente a cliché, los hermanos son para toda la vida. Así que sea cual sea su relación con sus hermanos, es bueno acercarse (sin llaves inglesas ni similares), limar asperezas o simplemente no olvidarlos.
Mi hermano ya no me jala los cachetes ni me da besos en la nariz (eso lo sufren ahora mis sobrinos), tampoco arruina mis juguetes (incluso lo dejaría travesear mi IPod). Ahora adultos, de lo único que puedo declararlo culpable… es de seguir siendo una inspiración y un ejemplo para este hermanito diez años menor.
Shame on you Brother! (And Happy Birthday!)